Una respuesta que reorganiza el pasado
David Lladó supo que era autista a los cuarenta y nueve años. El primer sentimiento fue de alivio. El diagnóstico no cambió quién era, pero ofreció un marco desde el que comprender dificultades, necesidades y formas de relacionarse con el mundo que hasta entonces parecían desconectadas.
En Kilómetros infinitos, el autismo no aparece como una explicación total ni como una identidad construida a partir de tópicos. Es una nueva perspectiva desde la que volver a mirar el perfeccionismo, la ansiedad, la sobrecarga, la necesidad de estructura y el esfuerzo dedicado a encajar.
Comprender la diferencia no borra lo vivido, pero puede sustituir la culpa por una mirada más compasiva.
Sin condenas ni superpoderes
El libro evita dos simplificaciones frecuentes: presentar el autismo únicamente como una limitación o convertirlo en una capacidad extraordinaria. La experiencia de David contiene dificultades y fortalezas, momentos de claridad y zonas que continúan siendo complejas.
La ultradistancia entra en esa historia como un espacio regulado. Una carrera ofrece una ruta, unas reglas, una secuencia y un objetivo inequívoco. En ese contexto, la repetición y el hiperfoco pueden dejar de parecer rarezas y convertirse en herramientas.
Un testimonio, no un diagnóstico
Esta página y el libro cuentan una experiencia individual. No pretenden definir cómo viven todas las personas autistas ni sustituir la evaluación o el acompañamiento de profesionales especializados. Su valor está en la honestidad de una voz que relata lo que significó recibir una respuesta en la edad adulta.
Dos viajes que terminan siendo el mismo
El diagnóstico y el Spartathlon se entrelazan en una narración sobre identidad, resistencia interior y la belleza de ser distinto.